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  ¿Has visto alguna vez las botas de un gato? ¿Y a un gato con sus botas? Pues bien, esta es la historia de un gato que salvó su pellejo, y el de su amo, precisamente por calzar botas.

De los tres hijos de un pobre molinero, al más joven no le quedó otra herencia que el gato, por el que no sentía particular simpatía. ¿Qué podía hacer con él? ¿Comérselo? Antes que pudiera responderse, el gato, sensible a sus intenciones, le ofreció: “Si me das un par de botas para recorrer los campos y no llenarme de abrojos, y un saco de arpillera, verás el beneficio que puedo traerte. Tal vez no sea tan mala herencia como piensas”.

El joven no entendió muy bien el pedido, pero accedió para sacárselo de encima. Al menos, mientras recorriera los campos, no tendría que darle de comer.
El gato, ágil y bien protegido por el calzado, hizo presa de conejos, perdices, a los que cazaba ayudado por su astucia y el saco de arpillera. ¿Qué hacía con estos trofeos? Se los llevaba al rey, y entre halagos y reverencias, le decía que se los enviaba su señor, el Marqués de Carabás. Su amo no era marqués, y no estamos seguros que su apellido fuera Carabás, pero sonaba bonito e importante. Estas ofrendas duraron varios meses, y el Rey aprendió  a apreciar a este Marqués que tan generosa y regularmente le hacía llegar su lealtad con cada pieza cazada.

Por fin llegó la oportunidad esperada. El gato con botas escuchó que el rey, esa tarde, daría un largo paseo con su hija por la vera del río. Sin perder tiempo, el gato le pidió a su amo que fuera a bañarse al río.

–Tengo un plan estupendo para que te conozcas con la princesa. Haz lo que te digo y pronto viviremos en palacio--.

El joven aceptó. Este gato. No habían iniciado el rey y su hija el paseo, que el gato empieza a pedir auxilio a gritos: ¡Se ahoga mi señor! ¡Se ahoga el Marqués de Carabás!
Pronto el rey ordenó a sus pajes que sacaran al muchacho del rio. El joven, entendiendo la idea del gato, fingió ahogarse, pero se dejó auxiliar sin resistencia. Los pajes lo asistieron, y le trajeron ropa seca: pantalones y chaqueta bordados y confeccionados por el sastre del rey. El muchacho, adornado con trajes reales, se veía más buen mozo todavía de lo que ya era. La princesa y el muchacho intercambiaron más de una mirada y más de una sonrisa. El rey lo invitó a acompañarlos en su paseo. El gato, viendo que su plan tenía el efecto esperado, decidió adelantarse al grupo. Campo por el que pasaba con sus botas, campo en el que les decía a los labriegos que el rey se acercaba y que a sus preguntas,  debían contestar que eran segadores de los campos del Marqués de Carabás.

“Pero si no conocemos al tal Marqués”.
Pues no importa. Es la respuesta que espera el rey, y quien no obedezca, será pasado a degüello.
 
 
El gato era muy convincente, cuando se lo proponía, y los segadores no dudaron en obedecerle. A cada pregunta del rey, afirmaban que esos campos pertenecían al Marqués de Carabás. Impresionado el rey por las posesiones del marqués, de ahí en adelante insistió en propiciar la boda del joven con su hija, insistencia que fue muy bien recibida por todos.

La boda fue de lo más bonita. Todos bailaron hasta el amanecer, incluido el gato, que para bailar se sacó las botas. El gato tenía razón: había resultado la mejor de las herencias posibles. Todos juntos vivieron felices y comieron perdices (en escabeche, de las cazadas por el gato).
con el apoyo de fundación Petrobras

 

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